En los Alpes, Noema escudriña el frío Universo

El observatorio NOEMA, en la meseta de Bure (Hautes-Alpes), en julio de 2020.

Noema, te lo mereces. Acrónimo de Northern Extended Millimeter Array, Noema es el observatorio más potente del hemisferio norte en el campo de la radioastronomía milimétrica, donde las longitudes de onda observadas son del orden del milímetro. Y para disfrutar del cielo más puro posible, aquel donde menos se sienten las turbulencias de la atmósfera, esta instalación se alza a más de 2.500 metros de altitud, en el macizo alpino del Dévoluy. Más precisamente en esta mesa cumbre que es la meseta de Bure.

Para llegar hay que ir primero a la estación de esquí SuperDévoluy, luego, a bordo de un 4×4, subir las pistas a lo largo de los pilones del telesilla, cubiertos e inmóviles en esta temporada. Finalmente, cuando termina el camino, empiezan las cosas serias. Por donde ya no pasan los vehículos, sólo queda la fuerza de las piernas, en un entorno mineral, donde los últimos árboles desvencijados dejan de aferrarse a la ladera de la montaña. Entre capas de pedregal claro se eleva un camino rocoso cuya pendiente, por momentos, roza el doloroso 40% aun cuando se empieza a sentir la escasez de oxígeno. Sí, Noema, te lo mereces.

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Pero, cuando se pasa el último pedregal, cuando sin aliento pisamos por fin la meseta, sobre este mar de guijarros, donde sólo flotan algunas matas de hierba amarillentas dobladas por el viento y algunas manchas de musgo, son recompensados. . Más alto que las nubes, frente a la barra dentada de los Ecrins cuyos colmillos mordisquean el fondo del azur, tocas el cielo levantando la mano. Y, en el hueco de una ondulación de la meseta, un rebaño de inmensas parábolas apuntan hacia el firmamento. Aquí está Noema, construida por el Instituto de Radioastronomía Milimétrica (IRAM) y cuya duodécima y última antena entró en servicio a principios de año, pero que no será inaugurada oficialmente hasta el 30 de septiembre.

Por el momento, solo diez de las doce parábolas están en acción en el set, las dos últimas en un hangar gigante para el mantenimiento de verano, para estar listo para el invierno que, con su frío seco extremo congelando la atmósfera, está la estación favorita de los radioastrónomos. Con un diámetro de 15 metros, cada antena pesa más de 120 toneladas y los 176 paneles de aluminio que recubren su superficie reflectante se ajustan mediante actuadores para obtener una forma perfecta, con una precisión de 35 micrómetros, es decir, el grosor de la antena. un cabello humano

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